Oswaldo Vigas / Sin miedo a la muerte (2014)

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Es en su taller donde el  admirado artista plástico se siente más a gusto. Sus 90 años no son impedimento para dar rienda suelta a sus   ganas de pintar, ni han frenado ese verbo desenfadado que le permite opinar con desparpajo del arte, la religión y la existencia  

Fotografía REEXON ESCOBAR

 Un retrato de Lía Bermúdez pintado por Jesús Soto en los años 40, cuando todavía no figuraba como uno de los grandes del cinetismo, llama la atención de este cronista cuando visita la confortable residencia del artista plástico Oswaldo Vigas. El amplio apartamento, ubicado en una tranquila calle del este capitalino, toda una rareza en la Caracas de hoy, exuda arte por todos lados; obras de Feliciano Carvallo, Bárbaro Rivas, Oswaldo Guayasamin, Francisco Goya, de Miró, así como muchas piezas de arte precolombino, adornan las paredes y estanterías. El más grande de todos es un cuadro reciente del entrevistado que en llamativos tonos verdes recrea la crucifixión de Jesucristo. El maestro, como todo el mundo lo llama, se encuentra ya en la sala con la mirada oculta tras sus infaltables lentes oscuros, sentado frente a una mesa donde tan solo unos minutos antes daba los toques finales a un par de servilletas que le sirvieron de lienzo. A su lado está la infaltable Janine, su diligente esposa. Al observar como maneja y conoce cada uno de los detalles relacionados con la vida y obra de su famoso marido es inevitable recordar la célebre y ya trillada frase: Detrás de un gran hombre hay una gran mujer. El maestro, coqueto y galante como ha sido siempre, dibuja una amplia sonrisa en el rostro de su fiel compañera cuando al ser indagado sobre su vida en pareja sostiene: Janine es la mejor en todo.

 Con 90 años cumplidos, Vigas mantiene vivos los recuerdos y esa lengua traviesa que espeta todo lo que pasa por su mente sin reparo alguno. A pesar de un ACV, afortunadamente ya superado, y que un problema en una de sus piernas le impide caminar, sigue pintando con el mismo ímpetu de siempre, ese que descubrió sin querer cuando apenas era un adolescente y ganó el Premio a la Mejor Ilustración, en 1942, por un poemario que acompañó con dibujos, el cual le permitió realizar su primera exposición en el Ateneo de Valencia, su ciudad natal, con tan solo 16 años. Desde entonces y hasta hoy, su lenguaje sigue siendo el mismo: “El estilo Vigas lo descubres viendo mis obras, todos mis cuadros se parecen y todos son distintos”. Autodidacta, jamás pisó una escuela de arte, asegura que cada artista tiene que encontrar su propio idioma, “si no se tiene no se llega a ninguna parte”, sostiene, porque este no obedece a algo fortuito, es cuestión de talento y agrega que lo mismo ocurre en la literatura ya sea prosa o poesía. Cabe acotar que las letras han sido otra de sus pasiones, a tal punto que parte de su tiempo lo ha dedicado a la escritura de poemas y a la lectura de tantísimos libros pues en ellos, en sus páginas, encontró la mejor forma de aprender. “Siempre me gustó saber por el placer de saber”, refiere.

A la hora de hablar pareciera no tener tapujos, el maestro suelta lo que piensa; aunque consciente del poder de las palabras, no rectifica pero sí aclara, por si las dudas. Así, mientras saborea una chicha andina, espeta que el cinetismo no le interesa, él se decanta por el arte puro, nada de cuadros que sean vistos como simples adornos. A la crítica no le presta atención, le parece bien que exista pero manifiesta no tener tiempo mental para dedicárselo, “eso no significa que la desprecie”. Dice no tener preferencia entre las varias manifestaciones artísticas a las que ha dedicado su talento: pintura, escultura, grabado y tapicería, aunque si se juzga por la cantidad de piezas realizadas, la primera de ellas sale invicta, pero puntualiza que no, para él cada cosa tiene su momento, incluyendo las personas. “Lo más importante en la vida es la gente, solos no podemos vivir”, reflexiona y de inmediato lamenta no poder compartir más tiempo con los pocos amigos que le quedan, así sean comunistas como Régulo Pérez.

Oswaldo vigas (1) c

El taller

El maestro sigue siendo un pintor infatigable. Su estudio es grande, es como otra casa pero habitada por cuadros y esculturas, suyas y de otros artistas, suficientes para llenar el anhelado museo que llevaría su nombre pero que ante la grave situación de la cultura en el país, tendrá que esperar. “Los museos en Venezuela están mal, es una desgracia, los museos son la memoria del país, sirven para saber de donde venimos y a donde vamos”, señala. El olor a pintura fresca recibe al visitante junto a muchos supuestos Vigas marcados como falsos por su aguda mirada. “Cada vez los hacen más parecidos” comenta Janine en referencia a los imitadores. En este íntimo espacio pasa largas horas, sobre todo en las noches, mezclando colores para con su pincel plasmar figuras en sus lienzos, figuras que como bien decía el inmortal Aquiles Nazoa nos llevan irremediablemente a trazos precolombinos. “Soy medio primitivo”, advierte, “eso se manifiesta solo”.

Una foto en la que aparece con Picasso llama la atención, los artistas compartieron en Francia y se quisieron mucho. “Fue una relación cojonuda, pero hay cosas que no se deben continuar. Una amistad muy cercana me hubiera anulado por la magnitud del personaje, mejor era tenerlo lejos”, arguye. Dos son los temas de su más reciente propuesta pictórica: Las curanderas y la crucifixión; ellas son como una especie de homenaje a las enfermeras que lo cuidaron durante su convalecencia. A través de sus cristos crucificados busca reflejar el sufrimiento humano; ateo confeso, para él no existen ni el anhelado cielo ni el temido infierno: “A mucha gente le importa la muerte, a mí no, con la muerte se acaba todo, es el final; aunque respeto al que cree distinto. Eso le sirve a la humanidad, por eso lo ha inventado, lo necesita, sin eso mucha gente no viviría”.

¿Por qué pinta?, le indago, “pinto porque me gusta y porque siento la necesidad”, me responde. “Mis cuadros tienen vida propia, una pintura se basta a sí misma, no necesita explicación, no importa si el resultado me gusta o no. El arte que necesita explicación no sirve”.

(15-11-2013)

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