A salvo… por ahora


Limpieza social, en eso caviló después que una marejada de imágenes, de pensamientos acelerados inundaron su mente, como acelerado estaba su corazón después de tan enorme susto. Era la tercera vez en casi un mes que intentaban robarlo. Miedo, angustia, impotencia pero sobre todo rabia, sí, mucha rabia. Cada vez que Adolfo se veía victima del hampa, y ya eran varias las veces, lo inundaba un sentimiento de rabia y desprecio ante ese tipo de gente que no debería vivir. Sin remordimientos de conciencia, a pesar de que se consideraba así mismo como “buena gente”, llegó a la conclusión que el exterminio de antisociales era justo y pertinente. “Lo poco que tengo me lo he ganado trabajando, no puede venir un malandrito de esos a despojarte como si nada de lo que es tuyo”, expresó con rabia manifiesta.

Esa tercera intentona había sido la más riesgosa. Al salir del metro en la estación Palo Verde se despidió de su amigo y subió las escaleras que lo llevan a la plaza para llegar hasta su edificio, a pesar de la hora, 10:30 de la noche y por ser viernes y quincena, todavía había gente cerca: moto taxistas, aunque pocos; centros de comunicaciones informales, esas mesas con paraguas gigantes llenas de teléfonos celulares de poca monta, medio de sustento de muchos hogares; y algunos transeúntes. El cuerpo reacciona, las salidas de la estación del subterráneo lo alteraban, Adolfo sentía como se le aceleraba el corazón, cómo lo invadían el miedo y la angustia. La velocidad era su garantía de salir ileso.

A pesar de que apuró el paso para aprovechar la compañía de un hombre que salía también del metro, fue interceptado por un adolescente. Tendría unos 15 años, 17, no más; su vestimenta, franela, jeans y zapatos, gritaba que era un chamo del barrio, un vecino del José Félix Ribas; no estaba solo, un grupo numeroso de chicos y chicas le hacían compañía. De repente otro adolescente de similares características intentó sujetar a Adolfo, quien entre empujones logró soltarse y dar la vuelta para regresar al metro. Todo el mundo vio pero nadie dijo nada, nadie hizo nada. Su caso no es el único, más de una vez ha visto como despojan de celulares y bolsos a cualquier desprevenido. La seguridad sufre de ausencia total. Poli Sucre es un recuerdo ya vago en la mente de los habitantes del sector. Los efectivos de la Guardia Nacional, apostados frente al centro comercial, sirven como generadores de miedo para los delincuentes, pero justo en las noches dedican gran parte de su tiempo a cortejar chicas, esas que no se resisten a un uniforme, para saciar su hambre de sexo producto de los días de encierro en los cuarteles y las agotadoras guardias.

Con el corazón a millón logró alcanzar a su amigo Moisés quien lo acompañó, bordeando la estación del metro, hasta la puerta del edificio. Desde la plaza el grupo de malandrines los seguían con la mirada y hacían señas con las manos indicándole a Adolfo que lo tenían en la mira, algo así como: – estamos pendientes. Ante tanto descaro y con el pecho alterado por los repetidos y agitados latidos miró a sus victimarios y hubiese deseado tener el poder de invertir los papeles y hacerlos sus victimas.

En la tranquilidad de su cuarto Adolfo respiraba profundo tratando de retomar la tranquilidad, pero no ha podido. Desde ese momento el miedo lo acompaña a tal punto que decidió emprender la no fácil tarea de conseguir otro lugar donde vivir. Chacao se le presenta como reto salvador, pero los altos costos de la vivienda dificultan para cualquier habitante de la ciudad que gane un poco más que sueldo mínimo conseguir algo digno. Tocará reorganizar el presupuesto comenta Adolfo, dejar de ir al cine, al teatro y no comprar más libros. Consolándose así mismo, con la mirada cabizbaja y un toque de triste ironía agregó:
– Es que la tranquilidad no tiene precio.

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