Petróleo: bendito tesoro, bendito tormento


El petróleo significó para Venezuela su gloria y su desdicha. El saberse una nación poseedora de una de las fuentes de energía más preciadas, casi imprescindible, en el mundo moderno y en cantidades que parecieran ser inagotables, aunque no lo son, le permitió por un lado alcanzar un cierto nivel de desarrollo, no el óptimo, pero si desplegar grandes obras de infraestructura como puentes, carreteras, represas y hasta un satélite hablando de tiempos actuales, pero por otra parte el petróleo fue convirtiéndose, y hoy se evidencia más que nunca, en la única fuente de ingresos para el país dejando de lado cantidades inmensas de tierra donde pueden desarrollarse actividades agrícolas y ganaderas, satisfaciendo no solo las necesidades del país sino incluso podría permitirle a la mono productora nación bolivariana, exportar diferentes rubros incrementando y diversificando así sus entradas.

Mención especial puede hacerse del turismo. Esta tierra de gracia ha sido bendecida con paisajes que pueden ser calificados de paradisíacos y encantadores, desde el Zulia hasta el Amazonas pasando por las picos nevados de Mérida y el desierto abrasador de los médanos de Coro, Venezuela ofrece para los visitantes interesantes opciones que si bien son visitadas año tras año, esta muy lejos, el turismo nacional, de reportar los beneficios que sin lugar a dudas podría proporcionar contribuyendo al desarrollo de la nación, y más importante aun, de las diferentes regiones haciendo a cada una de ellas responsable y garante del manejo de sus recursos, acaso no se promueve en la Constitución del 91 un país descentralizado, donde cada estado con su respectivo gobernante, elegido por votación popular, asuma y promueva el desarrollo de las fuerzas productivas nacionales. Hoy la realidad no puede ser más opuesta a ese proyecto de nación que se viene construyendo desde hace ya muchos años, cuando se tomó conciencia de que no convenía subsistir de una renta petrolera que naufragaba y naufraga sin remedio en los mares de una corrupción que pareciera no tener control ni reparo.

Es inevitable no mirar la eficiente gestión alcanza por varios países árabes, ricos como Venezuela en el llamado “oro negro” pero que han invertido de forma sabia y responsable las grandes ganancias obtenidas; hay que ver el sorprendente desarrollo turístico que Dubai en los Emiratos Árabes ofrece al resto del mundo. Venezuela, podría si quisiera, cambiar su destino que pareciera conducirse o “ser conducido” sin remedio a momentos difíciles, determinados por una inevitable recesión económica producto no solo de la crisis financiera mundial sino por el manejo de un Estado caníbal que pretende estrangular el aparato productivo privado; todo esto agravado por la drástica caída de los precios del petróleo y el anunció del nuevo presidente de los Estados Unidos, un firme y enérgico Barak Obama, de poner en marcha un plan que le permita prescindir de fuentes energéticas provenientes de regiones hostiles del mundo, en una clara alusión a una Venezuela que le sonríe descaradamente a regímenes como el de Irán y Cuba, y se debate año tras año en contiendas electorales que asfixian recursos que bien podrían ser empleados en procura y beneficio de ciudadanos, de gente que cada día se enfrenta al alto costo de la vida y a unos niveles de violencia e inseguridad nunca vistos.

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