Perdido en el tiempo

Llega diciembre precedido por unas elecciones, ¿elecciones en Venezuela? Claro si estamos en democracia como asegura a los cuatro vientos el comandante en jefe. Este evento de meter el dedo y mojarlo en “tinta indeleble”, parece convertirse en la única señal que me anuncia que ya viene diciembre. No puede ser, me cuesta admitirlo.

De la costa del caribe colombiano extraño su brisa que en lugares como Barranquilla, puede alcanzar grandes proporciones, matices, puede transformar el ambiente y por ende afectarme. A veces en el diario y sempiterno transcurrir del tiempo observo como cada día tiene su peculiaridad, las mañanas de los domingos son muy diferentes a las mañanas de los jueves, y las mañanas de los domingos de mayo son muy pero muy diferentes a las de diciembre. Claro, hay días que me levanto en mayo veo por la ventana, siento el día y digo… parece diciembre.

Con esto de que a cada rato le hacemos más daño a la gran madre, al planeta, a la Tierra, mi percepción del tiempo se trastoca. Llueve cuando no debe y sale un sol, una pepa de sol, que me achicharra y me roba el colágeno cuando menos lo espero. Me perturba mucho, afecta mi brújula interna; yo que siempre ando extraviado en el calendario, yo que soy incapaz de recordar en que día del año respiro, tratándose incluso del día de mi cumpleaños, me encuentro perdido; perdido por los cambios climáticos, por las mareas que suben porque los glaciares se derriten, por el hueco cada vez más grande y notorio de la capa de Ozono, la basura, los desechos en los ríos, la tala indiscriminada de árboles y pare usted de contar.

Perdido en el tiempo, perdido en mis recuerdos, perdido en mis sueños, en mis evocaciones de lo vivido y de lo que quiero vivir. Me gustaría visitar Barranquilla, pararme en el cruce de la 84 con 42 y esperar que llegue la brisa, la brisa que viene del mar, de Puerto Colombia con su muelle desvencijado y me lleve hasta las orillas del imponente Magdalena y más allá, hasta bocas de Ceniza donde el uno y el otro se encuentran y se cruzan, cumplen su ciclo, cierran su destino.

No parece que viene diciembre, no lo siento así, hay adornos por montones, suenan las gaitas y las calles están más y más llenas de gente (sobre todo la que lleva al Sambil) pero no percibo en el tiempo cuando me asomo por la ventana que huela a diciembre.

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